Documentos del IIE

Demasías lingüísticas




Si uno está interesado en la información del tiempo de Radio Televisión Española de Maldonado y compañía, se topa de bruces con el mapa meteorológico, donde titilan con entidad propia A Coruña, Ourense, Lleida y Girona, en vez de las voces españolas La Coruña, Orense, Lérida y Gerona. Y así llevamos años. Puestos a jugar al despropósito, nos extraña que no aparezcan también Donostia, Gasteiz, Iruña, en lugar de las socorridas San Sebastián, Vitoria y Pamplona, sin olvidar a alguna ciudad levantina, de nombre distinto en español que en valenciano.

Estas perlas son sin duda demasías lingüísticas, que afean el rostro del idioma común de todos. La enfermedad se extiende a otros campos, que vamos a analizar brevemente.

Empecemos por el balompié, tan proclive a injertos extranjeros, donde campan desde hace un siglo por sus respetos, equipos históricos como el Athletic, Sporting y Racing. Ahora les ha dado por enmendar la plana a voces vernáculas ajenas al español, como Ourense, Lleida y Espanyol, con gran complacencia de los medios deportivos, que las suscriben con entusiasmo.

Las reglas gramaticales del idioma vasco, tan entrañable y antiquísimo, preconizan el abandono de algunas letras como la c y la q , sustituidas por la k; la v, reemplazada por la b; y la y griega, por la i. Y a esa tarea se han dedicado algunos próceres, dotando a ciertas voces españolas de esos aditamentos.


Así, el estupendo futbolista José María Vaquero ha mudado su apellido a Bakero, con el beneplácito de los medios de comunicación españoles. Y el afamado y simpático cocinero Arguiñano, ha dotado a su nombre de una K mayúscula, autollamándose Karlos, y figurando de esa manera en los rótulos de televisión donde expone sus recetas sabrosísimas. Cualquier día veremos llamar Kristina a la Infanta Cristina.

Ya que estamos con el vasco, lengua bautizada en español como vascuence, término ya proscrito por la progresía en uso y sustituida por la voz euskera, que junto con su hermana eusquera, han sido admitidas por la Real Academia Española, diremos que muchas publicaciones en español denominan a las provincias, ciudades y pueblos vascos con los postizos antes citados.

Baracaldo es ahora Barakaldo, la célebre villa foral de Guernica es Gernika. Guipúzcoa, Gipuzkoa. Vizcaya, Bizkaia. Alava, Araba. Y así quedan reflejadas diariamente en prensa, radio, señales de tráfico. San Ignacio es ahora San Iñaki de Loiola.

Esas mismas consideraciones son válidas para las publicaciones en español de Galicia y Cataluña, y aún del resto de España, donde aparecen hasta en la sopa Catalunya, Ourense, A Coruña, Lleida, Girona, Generalitat, y tantas otras.

Cabe tener una mayor benevolencia, no total, con los nombres propios en lengua vernácula. Algunos tienen una prioridad absoluta y en toda España se repite aquello de Jordi Pujol, Xabier Arzallus, Josep Durán, Iñaki Urdangarín, Julen Guerrero, Arantxa Sánchez Vicario. Y a ver quien es el guapo que se atreve a llamar al honorable señor Pujol con el nombre español de Jorge.

Estas transformaciones trascienden además a otros sectores, como el mercantil. Un ejemplo vale. Altos Hornos de Vizcaya, la empresa abanderada vasca del siglo XX, ha sido sustituida por la Acería Compacta de Bizkaia, de evidente mayor modernidad en su tecnología, pero con la guinda lingüística en su razón social. Cualquier día veremos cambiar las siglas del Banco Bilbao Vizcaya Argentaria , por las de BBBA.

Todas estas demasías lingüísticas, y otras muchas más que se podían reseñar, provienen de los excesos en la difusión de las demás lenguas españolas, tan queridas como el catalán, vasco, valenciano, gallego, bable y alguno más. Me acabo de enterar de que en Canarias han creado la Academia Canaria de la Lengua.

Estas lenguas fueron injustamente hibernadas y aherrojadas durante un largo periodo del siglo XX, pero ahora lucen en plenitud su lozanía y vigor, como debe ser. Quizá avasallando algo al español, lengua común de todos y uno de los primeros idiomas del mundo en número de hablantes. Pero estas demasías resultan ser simples arañazos, que apenas causan daño ya en la fuerte piel y buena encarnadura del idioma español.

En resumen, lo que procede es alcanzar un equilibrio que corrija estas anomalías, entre el idioma español y las lenguas vernáculas. Que haya paz y armonía. Algo tienen que decir las Academias al respecto. Y que los periodistas españoles tengan un mayor respeto y amor a la lengua de todos. ¿Es pedir demasiado? Kizá.

Juan José Alzugaray

Miércoles, 10 de Diciembre 2008